Gotzainen Gutuna (zatia)

126. La Carta a Diogneto describe a los cristianos como personas que son pobres y enriquecen a muchos; carecen de todo y abundan en todo. Sufren la deshonra y esto les sirve de gloria. Esta paradoja sigue siendo actual: solo una Iglesia que acepta su pequeñez y contradicciones puede ser verdaderamente signo del Reino.

127. La historia nos enseña que cuando la Iglesia se siente fuerte y autosuficiente tiende a alejarse de su Señor y del mundo. Por el contrario, en los momentos de aparente debilidad, cuando abraza con humildad su condición sufriente, brilla con más fuerza el corazón del Evangelio. Porque «cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12, 10). No temamos sentirnos pequeños, porque es entonces cuando el Señor puede hacer cosas grandes con nosotros[1].

Iglesia que busca su orientación en la Palabra

128. La vida cristiana se fundamenta en la escucha atenta de la Palabra de Dios. Como afirmaba san Jerónimo, ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo. En la Palabra encontramos no solo el rostro divino revelado en Jesús, sino también la medida de nuestra propia existencia y el camino hacia la santidad que Dios nos propone a cada uno. Las comunidades cristianas contrastan constantemente su vida con la Palabra, encontrando en ella luz para el discernimiento y guía en sus decisiones. No es una referencia más entre otras, sino la orientación primaria que ilumina todo nuestro caminar como Iglesia.

129. La renovación eclesial que necesitamos pasa necesariamente por redescubrir la centralidad de la Palabra de Dios. Esto implica fortalecer la animación bíblica de toda la pastoral, dar mayor relevancia a la liturgia de la Palabra en nuestras celebraciones eucarísticas y promover el acceso a los textos sagrados a través de diversos medios, incluyendo las nuevas tecnologías. El objetivo es que cada creyente pueda encontrar en la Palabra de Dios el alimento cotidiano para su vida espiritual y la comunidad eclesial la luz que oriente su misión en el mundo. Este acercamiento a la Escritura no debe reducirse a un estudio académico. Necesitamos entrar en diálogo vital con la Palabra viva que, si es auténtico, nos debe interpelar. Los grupos bíblicos, la lectio divina compartida y los momentos de oración con la Palabra son espacios privilegiados donde la comunidad aprende a escuchar lo que el Espíritu dice hoy a las Iglesias. En un mundo saturado de palabras vacías y mensajes efímeros la Palabra de Dios ofrece un fundamento sólido para construir vida personal y comunitaria. Su escucha atenta y orante nos ayuda a discernir los signos de los tiempos y a responder con fidelidad creativa a los desafíos que enfrentamos como Iglesia. Solo una comunidad que se deja moldear y orientar constantemente por la Palabra puede ofrecer un testimonio convincente del Evangelio en medio del mundo.

Iglesia que se alimenta de la Eucaristía

130. La espiritualidad no es un añadido opcional: es el núcleo vital de nuestra fe. En un mundo marcado por el activismo y la dispersión necesitamos anclar nuestra vida en lo esencial. La oración diaria, aunque sea breve, nos mantiene conectados con nuestra identidad cristiana. Pero es en la Eucaristía dominical donde nuestra vida espiritual alcanza su expresión más plena y transformadora.

131. Muchos creyentes, absorbidos por múltiples actividades, no valoran suficientemente la centralidad de la Eucaristía dominical. Como nos recuerda el papa Francisco «la Eucaristía no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y alimento para los débiles»[2]. Pero es un alimento necesario para nuestro camino, un modo concreto e irrenunciable de alimentar nuestra unión con Cristo y nuestros vínculos comunitarios, una expresión de esa fe que es compartida y necesita del encuentro habitual, físico, con quienes creemos y nos sentimos unidos.

132. La Eucaristía dominical no es una mera obligación ritual: es el modo privilegiado de construir comunidad, alimentar nuestra fe y mantener la fuerza de la caridad: «Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma. Viceversa –como hemos de considerar más detalladamente aún–, el “mandamiento” del amor es posible solo porque no es una mera exigencia: el amor puede ser “mandado” porque antes es dado»[3]. Allí escuchamos juntos la Palabra, compartimos el pan que nos hace uno en Cristo y fortalecemos los vínculos que nos sostienen. Como nos muestra la historia de los primeros cristianos el culto comunitario era el «núcleo energizante» de su vida común, el espacio donde se forjaba ese habitus distintivo que los hacía diferentes y reconocibles.

133. Ciertamente, las capacidades del presbítero, el cuidado en la celebración y la belleza de la liturgia contribuyen a una experiencia más plena del misterio eucarístico. Ello, sin embargo, no puede hacer que olvidemos lo esencial: el centro de la Eucaristía es la presencia sacramental real, concreta y viva de Cristo que llega a su comunidad de un modo único e insustituible. Y sí, hace falta fe para creer esto. Cuando nos reunimos en torno a la mesa del Señor confesamos que Cristo mismo es el alimento necesario para nuestra vida. No son nuestros programas o recursos los que sostienen a la Iglesia, sino la presencia viva del Resucitado en la mesa compartida.

134. Como señalaba Ratzinger, la Iglesia del futuro «encontrará de nuevo… lo que es esencial para ella: la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo... reconocerá en la fe y en la oración su verdadero centro y volverá a experimentar los sacramentos como celebración»[4]. Renovemos nuestro compromiso con la Eucaristía dominical. Animemos a las hermanas y hermanos a participar en ella. Ahí encontraremos la luz y el alimento necesarios para ser testigos creíbles del Evangelio. Pero para conseguirlo debemos recuperar la fe en la presencia real e insustituible de Cristo en la celebración eucarística.

Iglesia que resiste a la mundanidad

135. Queremos servir al mundo sin ser del mundo (cfr. Jn 15, 19; 17, 16). Esta distinción marca la diferencia entre una Iglesia fiel a su identidad y otra que, en su afán por agradar, pierde su capacidad de ser significativa. No podemos mimetizarnos con el entorno, como un camaleón que se confunde con la pared. La tentación de diluir nuestra identidad para «encajar mejor» siempre está ahí, porque buscamos ser reconocidos y apreciados.

136. La mundanidad espiritual tiene múltiples rostros: un cristianismo que evita la cruz, una fe «a la carta» donde cada uno elige lo que le parece, una espiritualidad de «grupos estufa» donde me encuentro más seguro y cómodo, sin arriesgar, un quedarme con lo que no genera extrañeza o rechazo; en definitiva, una fe que se deja atrapar por lo que el mundo valora y reconoce. Como advierte el papa Francisco si no damos la gloria a Dios, nos la terminamos dando unos a otros[5].

137. El Evangelio es nuestro único tesoro y en él se nos predica a Cristo crucificado, «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Cor 1, 23). Esta tensión no cambiará. Intentar suavizar el mensaje para hacerlo más «aceptable» es un camino sin salida ya que perderemos nuestra identidad sin ganar la aceptación que buscamos.

138. La mundanidad es más profunda que la mera superficialidad. Es una dinámica que adopta múltiples formas, adaptándose a cada tiempo, pero manteniendo su esencia; se podría definir como una propuesta de vida que adormece la radicalidad del Evangelio. San Pablo nos advierte que no actuemos «como los que no tienen esperanza» (1 Tes 4, 13), adaptando nuestra fe a lo que el mundo quiere oír.

139. El antídoto es siempre volver a lo esencial: la centralidad de Cristo crucificado y resucitado. Una Iglesia arraigada en esta verdad puede resistir la tentación de diluirse en la cultura dominante. No necesitamos ser populares, sino fieles. Y es esa fidelidad, vivida con autenticidad y amor, la que hace nuestro testimonio significativo en un mundo que necesita oír hablar de Dios.

Iglesia que supera el acomplejamiento

140. El reto actual de la Iglesia en Europa no es solo la secularización. Existe un desafío más sutil y preocupante: la timidez y el complejo de muchos cristianos que, manteniendo su fe, parecen avergonzados de expresarla. Como si tuviéramos que pedir perdón por existir o justificarnos ante la mirada escéptica y a veces despreciativa de la sociedad.

141. No se trata de juzgar a nadie, ni de situarnos por encima de otros. La arrogancia nunca ha sido una buena compañera del Evangelio. Pero tampoco podemos caer en una falsa humildad que nos lleve a esconder nuestra identidad cristiana. Como aquellos primeros cristianos que describe la Carta a Diogneto podemos vivir nuestra fe con una seguridad serena, sin estridencias, pero también sin complejos.

142. El mensaje de Cristo es una propuesta valiosa y necesaria para la humanidad. No es una reliquia del pasado sino un tesoro vivo que abre caminos de futuro. En un mundo marcado por el individualismo y la fragmentación el Evangelio ofrece una visión que integra el desarrollo personal con el bien común, el progreso material con la profundidad espiritual, la libertad individual con la responsabilidad compartida.

143. La propuesta cristiana con su defensa de la dignidad humana, su visión de una comunidad basada en el amor y el servicio y su horizonte de esperanza trascendente, sigue siendo el fundamento sólido para construir una sociedad más justa y fraterna. Tenemos motivos para sentirnos orgullosos, en el mejor sentido de la palabra, de nuestra fe. Y no por méritos propios, sino más bien, a pesar de nuestras inconsecuencias, por la grandeza del don recibido.

144. Es hora de superar los complejos y asumir con naturalidad nuestra identidad cristiana. No para imponerla a nadie, sino para compartirla como lo que es: un don que hemos recibido y que queremos ofrecer a quienes buscan un sentido más profundo para sus vidas.

Iglesia que asume y desarrolla su dimensión sinodal

145. La sinodalidad no es una moda ni una novedad organizativa, sino un modo específico de ser y actuar de la Iglesia que expresa nuestra naturaleza más profunda como pueblo de Dios que camina en comunión, reflejando esa unidad en la diversidad a la que el Señor nos convoca. No es algo nuevo, sino una dimensión constitutiva que necesitamos desarrollar en un contexto social y cultural específico.

146. Este caminar juntos implica el reconocimiento activo de la dignidad que brota del bautismo en todos los miembros de la Iglesia. No hay cristianos de primera y de segunda: cada bautizado contribuye según sus dones y carismas específicos al desarrollo de la misión común. La corresponsabilidad diferenciada de todos los fieles no es una concesión, sino una exigencia que nace de nuestro ser creyente.

147. Una Iglesia sinodal escucha antes de hablar, dialoga en vez de imponer y, sin renunciar a su identidad y credo específicos, discierne en comunidad los caminos del Espíritu. Esta escucha y diálogo no debilitan la autoridad ni la comunión eclesial, sino que las fortalecen al permitir que se expresen de modo más evangélico y fructífero. La sinodalidad no cuestiona el ministerio ordenado, sino que lo resitúa más allá del clericalismo, afirmándolo como un don del Señor para su Iglesia y un servicio necesario que se armoniza naturalmente con la corresponsabilidad de todos los bautizados. La práctica humilde y auténtica de la sinodalidad convierte a la Iglesia en una voz profética para nuestro tiempo.

148. «Vivimos en una época marcada por el aumento de las desigualdades, la creciente desilusión con los modelos tradicionales de gobierno, el desencanto con el funcionamiento de la democracia, las crecientes tendencias autocráticas y dictatoriales, el dominio del modelo de mercado sin tener en cuenta la vulnerabilidad de las personas y la creación, y la tentación de resolver los conflictos por la fuerza en lugar del diálogo»[6].

149. En un mundo así el estilo sinodal ofrece un testimonio alternativo. Frente a la tentación de resolver conflictos por la fuerza, la sinodalidad desarrolla una cultura del diálogo y el discernimiento compartido que puede inspirar respuestas nuevas a los desafíos contemporáneos.

150. La escucha paciente, la comunicación interna y el cuidado mutuo son pilares fundamentales de este modo de ser la comunidad de Cristo. Necesitamos crear y sostener espacios donde todas las voces puedan ser escuchadas, donde el «sensus fidei» del pueblo creyente pueda manifestarse, donde la acción de «un mismo Dios que obra todo en todos» (1 Cor 12, 6) ilumine nuestro camino común.

151. El desarrollo de la dimensión sinodal representa un aspecto esencial de la renovación eclesial a la que hoy nos llama el Señor. No se trata de adaptarnos a demandas externas, sino de ser más fieles a nuestra propia naturaleza como Iglesia, superando prácticas arbitrarias y reconociendo la presencia del Espíritu en cada bautizado y bautizada. Este testimonio de comunión en la diversidad puede convertirse en un signo de esperanza para sociedades que buscan formas más inclusivas y participativas de construir el bien común.

Iglesia que construye fraternidad desde los márgenes

152. La dignidad humana es un valor absoluto. No todos nacemos con las mismas posibilidades y recursos para que sea respetada y promovida. Como comunidad cristiana, nuestra preocupación debe centrarse menos en defender nuestros propios derechos y más en asegurar que todas las personas, especialmente las más vulnerables, tengan las condiciones necesarias para florecer y desarrollarse en plenitud.

153. Esta preocupación no es accidental en la vida cristiana, sino que refleja el corazón mismo de Dios que muestra una peculiar solicitud por los abandonados y oprimidos. No es casualidad que Jesús proclame bienaventurados a los que tienen hambre y sed de justicia (cfr. Mt 5, 6). La promesa de que quedarán saciados nos compromete a trabajar activamente, haciendo nuestra la causa de quienes sufren carencias.

154. La comunidad de Jesús no puede ignorar el mandato evangélico de atender a los hambrientos, acoger a los forasteros, vestir a los desnudos, visitar a los enfermos y acompañar a los presos (cfr. Mt 25, 31-46). No son acciones complementarias o convenientes, sino una dimensión esencial que, cuando existe, refleja la autenticidad de nuestra fe y, cuando falta, la cuestiona. Esta exigencia ética y espiritual nos llama a escuchar y responder al dolor de los más vulnerables, no solo mediante acciones inmediatas, sino como parte de una necesaria conversión personal y comunitaria.

155. La «opción preferencial por los pobres» no es una moda pasajera ni una estrategia pastoral, sino una exigencia que brota de la fe en Cristo. Benedicto XVI lo expresa de este modo: «La opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza»[7].

156. Transformar nuestras comunidades en espacios de acogida significa ir más allá de las palabras para convertir la fraternidad en práctica diaria. Implica crear espacios dignos donde todos sean escuchados y valorados, fomentar relaciones de solidaridad que superen el individualismo y promover activamente la inclusión de los marginados. La fraternidad no puede quedarse en un ideal abstracto, sino que debe manifestarse como una convicción central que moldea nuestra vida cotidiana. Dios, ha dicho el papa Francisco, no es un «espray», no es una idea que flota en el aire[8]. Dios es amor concreto y personal.

157. Por ello, nuestro compromiso con los desfavorecidos debe traducirse en acciones igualmente concretas: programas de atención a necesidades básicas, iniciativas de promoción social, proyectos que generen oportunidades de desarrollo. Como señala el papa Francisco, «la necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar, no sólo por una exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de una enfermedad que la vuelve frágil e indigna»[9]. Pero más allá de las acciones puntuales necesitamos cultivar una sensibilidad permanente que nos permita ver en cada persona necesitada el rostro mismo de Cristo que nos interpela y nos llama a la conversión. Solo así podremos crear alternativas, pequeñas pero significativas, que den esperanza a quienes se sienten solos y abandonados.

Iglesia con un laicado que evangeliza

158. La transmisión de la fe no puede dejarse a las estructuras institucionales. Cuando los cristianos descubren el valor de la fe en sus vidas surge naturalmente el deseo de compartir esa experiencia. La parroquia seguirá siendo un punto de referencia y los procesos de iniciación cristiana mantendrán su importancia, pero ninguna estructura puede reemplazar el poder del testimonio personal y la invitación directa de los laicos en sus ambientes.

159. Los sacerdotes y diáconos, así como quienes ejercen ministerios laicales realizan una labor insustituible, pero su alcance tiene límites naturales: principalmente llegan a quienes ya participan en la comunidad o buscan activamente tomar contacto con ella. Hoy la mayoría de las personas vive alejada de las estructuras eclesiales. Sin embargo, muchas de ellas mantienen relaciones cotidianas con cristianos y cristianas laicos en sus trabajos, barrios y círculos sociales.

160. Como refleja la historia de los primeros cristianos la fe creció mediante conversiones graduales resultado de la comunicación de experiencias en redes familiares y de amistad. Este modo de «contagio» sigue siendo el más eficaz. Los laicos, inmersos en la vida secular, tienen oportunidades únicas para acompañar a personas en momentos de crisis, de búsqueda o necesitadas de apoyo y orientación. Una palabra oportuna, un testimonio coherente, una invitación sincera puede abrir corazones a la experiencia de la fe.

161. Esta evangelización laical no requiere estrategias complejas ni formación especializada. Se trata simplemente de compartir con naturalidad y alegría lo que da sentido a nuestras vidas. Los momentos de vulnerabilidad y búsqueda son ocasiones privilegiadas donde una propuesta de esperanza, hecha desde la cercanía y el afecto respetuoso, puede encontrar terreno fértil.

162. El futuro de la evangelización pasa por redescubrir esta vocación misionera del laicado. No como una tarea más, sino como una dimensión natural de la identidad cristiana vivida en medio del mundo.

Iglesia que prioriza el primer anuncio

163. La evangelización constituye la vocación esencial de la Iglesia. En un contexto de creciente secularización necesitamos redescubrir la centralidad del primer anuncio como motor de toda renovación eclesial. Llegar a quienes no han conocido la fe o la han perdido no es una tarea más, sino un elemento fundamental de nuestro afán pastoral.

164. Esta prioridad exige una profunda conversión. Actuamos como si la gente llegara a nuestras convocatorias y grupos de iniciación cristiana con una clara opción de fe o una mínima experiencia de encuentro con Jesús. Pero eso ya no está asegurado, incluso entre quienes han recibido los sacramentos. La sociedad se organiza y vive como si Dios no existiera. Por eso, necesitamos una estrategia de primer anuncio bien pensada y consistente, que comience proclamando que Dios existe y que, si le dejamos entrar en nuestra vida, va a poder transformarla.

165. El núcleo de este anuncio es una proclamación gozosa: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte»[10]. Cuando este mensaje se torna experiencia tiene el poder de encender el deseo de Dios en quienes lo escuchan.

166. Para que este anuncio arraigue necesitamos desarrollar una «cultura de la invitación y la acogida» creando espacios donde las personas experimenten la calidez de la comunidad cristiana. La Iglesia debe mostrarse como una familia cercana que vive algo extraordinario. Esta pedagogía paciente, que respeta los ritmos personales, refleja el modo de actuar de Dios, que invita sin imponer.

167. San Pablo nos interpela: «¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído?; ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar?; ¿cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie?» (Rom 10, 14). Los agentes de este anuncio son las personas y grupos cristianos que han experimentado el encuentro con el amor transformador de Cristo y quieren que llegue a nueva gente. No requieren una preparación académica exhaustiva, sino la convicción contagiosa de quien ha encontrado algo que da sentido a su vida.

168. Esta prioridad debe reflejarse en la distribución de recursos humanos y materiales. Nuestras Iglesias diocesanas necesitan impulsar iniciativas específicas que faciliten el encuentro con Cristo. El catecumenado y la formación sistemática vendrán después para desarrollar un estilo de vida cristiano arraigado y coherente. La experiencia muestra que los grupos y comunidades que priorizan comunicar su fe recuperan la alegría del Evangelio y atraen naturalmente a otros.

169. El primer anuncio, vivido con autenticidad, genera un círculo virtuoso: quienes experimentan el amor de Dios desean profundizar en la fe y compartirla. Así, la Iglesia recupera su dinamismo misionero original y se convierte en signo creíble del Reino, en sacramento de salvación para el mundo actual.

Iglesia que anima a vivir y a transmitir la fe en la familia

170. No existe la neutralidad en la educación familiar. Los padres transmiten inevitablemente aquello que valoran, desde la importancia del estudio hasta las pasiones deportivas, desde el sentido de la responsabilidad hasta el modo de gestionar los afectos y las frustraciones. Esta realidad se aplica también a la dimensión religiosa de la vida.

171. En la familia se hace la persona y se nace a la fe con naturalidad. La familia es el espacio privilegiado donde se cultivan las virtudes esenciales: la paciencia, la esperanza, la confianza en Dios y en los demás. Los padres y madres creyentes pueden iniciar a sus hijos en la experiencia de la fe, no como imposición externa, sino como dimensión natural de la vida familiar. La oración compartida, las conversaciones respaldadas por prácticas consistentes que reflejan una cosmovisión evangélica, la asistencia a la Eucaristía dominical son elementos que van conformando una identidad cristiana desde la infancia.

172. Sería un error posponer la formación espiritual bajo el pretexto de una futura «libre elección» en materia religiosa. La fe se transmite en las relaciones cercanas, y ninguna es más cercana que la familiar. Esta transmisión se fortalece cuando la familia está integrada en una comunidad cristiana viva que ofrece apoyo y sostiene una narrativa alternativa a las concepciones culturales dominantes.

173. La visión cristiana de la familia contrasta con las ideas prevalentes en las sociedades modernas. Mientras estas enfatizan la autonomía individual y ven a los hijos como limitación a la libertad o mera carga económica, la perspectiva cristiana celebra cada nueva vida como don de Dios. Esta visión incluye una comprensión del matrimonio y la sexualidad que trasciende el disfrute personal, ofreciendo a los jóvenes un horizonte más significativo. La decisión de tener hijos y educarlos en la fe se convierte en sí misma en una toma de posición contracultural: una decisión que refleja la apuesta por un futuro más allá del individualismo, y una declaración de confianza en la providencia divina.

174. Los padres y madres cristianos necesitan redescubrir su papel como primeros evangelizadores. No están solos: la comunidad eclesial debe acompañarlos, proporcionando el contexto donde las prácticas y valores familiares cristianos cobran su sentido, pueden sostenerse y desarrollarse.

Iglesia que acoge a fuertes y débiles en la fe

175. Algunos planteamientos de reforma eclesial conciben la pertenencia requiriendo una fe ilustrada y un alto nivel de compromiso comunitario. Esta visión puede caer en la tentación de menospreciar las formas populares de religiosidad y los modos de pertenencia menos intensos.

176. ¿Quién puede juzgar la calidad de la fe? ¿Con qué criterios mediremos la autenticidad del compromiso cristiano? No resuelven el problema los intentos de recrear una supuesta pureza primitiva que en verdad nunca existió como tal. Si bien las comunidades cristianas de los tres primeros siglos se caracterizaban en general por una fuerte identidad, algunos «arqueologismos» pueden convertirse en críticas simplistas que olvidan las intuiciones valiosas desarrolladas posteriormente. Una de las más importantes es la capacidad del catolicismo para integrar diversos modos de pertenencia.

177. La parroquia católica nunca se ha basado en la fuerte afinidad de un grupo selecto, sino en un umbral de adhesión no excluyente. Esta apertura genera una comunidad de sujetos diferentes, con distintos niveles de compromiso. Aunque el núcleo de la comunidad creyente se construya sobre un catecumenado exigente, la Iglesia ha de estar abierta a diversos grados de identificación. Como en los primeros siglos, cuando el catecumenado fuerte convivía con formas más sencillas de acercamiento a la fe, también ahora debemos mantener esa apertura que permite diferentes niveles de respuesta.

178. La vida cotidiana impone sus exigencias. La atención a la familia, el trabajo y las responsabilidades civiles compiten con las propuestas en las comunidades cristianas. Muchos creyentes no viven en clave exclusivamente religiosa, sino que integran su fe con otras dimensiones legítimas de la existencia. No podemos pretender que todos mantengan un alto nivel de implicación eclesial.

179. La solución no es abandonar las intuiciones del catolicismo popular, sino adaptarlas a un contexto nuevo, predominantemente urbano, donde la gente busca sentido. En nuestras comunidades habrá como círculos concéntricos de adhesión: desde los más comprometidos hasta quienes, valorando la fe, la viven compatibilizándola con otras llamadas y actividades. Esta diversidad no es un defecto, sino una característica que refleja la universalidad de la Iglesia.

Iglesia que promueve la paz social y entre los pueblos

180. La fe en Jesús es una fuerza de paz y entendimiento en un mundo marcado por divisiones cada vez más profundas.

      En la Iglesia, esta fuerza se manifiesta primero como unidad en la diversidad: «la Iglesia es católica porque es la ‘casa de la armonía’ donde unidad y diversidad saben conjugarse juntas para ser riqueza»[11]. Esta experiencia de comunión vivida internamente capacita a la comunidad cristiana para ser instrumento de reconciliación en medio de las fracturas sociales de nuestro tiempo.

181. El mundo actual experimenta tensiones crecientes: polarización política, conflictos étnicos, desigualdades económicas, crisis migratorias y guerras que amenazan la paz mundial. Frente a estas realidades, la Iglesia quiere ser signo de que es posible construir puentes de entendimiento y superar las dinámicas del conflicto y la exclusión. No se trata de ignorar las diferencias reales, sino de aprender a gestionarlas desde el diálogo y el respeto mutuo.

182. La comunidad cristiana aporta elementos valiosos a la construcción de la paz social: una visión de la persona humana que trasciende diferencias culturales y étnicas, una tradición de pensamiento social que equilibra derechos y deberes y, sobre todo, una experiencia milenaria en la gestión de la diversidad desde la búsqueda del bien común. La doctrina social de la Iglesia ofrece claros principios fundamentales para construir sociedades más justas y pacíficas.

183. El diálogo interreligioso, impulsado decididamente por el papa Francisco, expresa esta vocación pacificadora: «Las religiones, si no persiguen caminos de paz, se desmienten por sí solas»[12]. Las tradiciones religiosas pueden y deben ser puentes de entendimiento e inspiradoras de diálogo, rechazando con firmeza convertirse en fuente de división o legitimadoras de violencia. Este compromiso con la paz y el entendimiento mutuo no es una estrategia opcional sino una exigencia que brota del corazón mismo del Evangelio.

184. La Iglesia demuestra con su testimonio que es posible mantener convicciones firmes sin caer en el fundamentalismo, defender la verdad sin menospreciar al diferente y buscar la justicia sin alimentar el conflicto. En un mundo donde las fracturas sociales se profundizan este testimonio de reconciliación y paz resulta más necesario que nunca.


 

Los cristianos en el mundo (De la «Carta a Diogneto»)

"Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.

Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida.Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo.Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida.Los.judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad.

Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres.

El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar."

 



[1] Cfr. Salmo 125.

[2] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), 47.

[3] Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est (25 de diciembre de 2005), 14.

[4] Ratzinger, J., Fe y futuro, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao, 2017, p. 105.

[5] Cfr. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), 93.

[6] Francisco - XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión (24 de noviembre de 2024), 47.

[7] Benedicto XVI, Discurso inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en el Santuario de la «Aparecida» (13 de mayo de 2007).

[8] Francisco, Homilía durante la Santa Misa, Casa Santa Marta (9 de octubre de 2014).

[9] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), 202.

[10] Ibid., 164.

[11] Francisco, Catequesis en la Audiencia General (9 de octubre de 2013).

[12] Francisco, Mensaje con motivo de la apertura del Encuentro interreligioso anual de Oración por la paz «Puentes de paz» (Bolonia, 14 de octubre de 2018).

 

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